Referéndum:
¿Han sido felices este verano? Espero que sí, porque la memoria de esa felicidad va a resultar imprescindible en los próximos meses. Y no crean que invoco las tinieblas del otoño para llamarles a la resignación ante el rescate inevitable. Me propongo animarles a hacer más bien lo contrario.
Los taurinos saben que un toro manso es más peligroso que uno bravo. Los aficionados al boxeo, que la reacción de un púgil acorralado puede ser más violenta que la de su rival. Este gobierno manso, que está contra las cuerdas, no sólo ilustra admirablemente estas metáforas, sino que además, y eso es lo más grave, desborda con creces el mandato que recibió en las urnas. Una mayoría absoluta jamás puede servir de coartada para minar el consenso democrático, fulminando por decreto las bases de una convivencia acordada por la mayoría de los españoles. Por eso, lo que está haciendo el gabinete de Rajoy no es gobernar, sino desmontar, uno por uno, los derechos y libertades que cimentaron el espíritu de la Constitución de 1978.
Si entonces los ciudadanos fueron llamados a las urnas para aprobar aquel texto en referéndum, hoy no pueden asistir impasibles al espectáculo de su demolición, a manos de un gobierno tan inepto como soberbio, que no sólo no se molesta en informarles de unos acuerdos que van a empeorar sus condiciones de vida durante generaciones, sino que a la vez intenta impedir por cualquier medio que se difundan teorías contrarias a las suyas. Esta crisis, que es mucho más que una coyuntura económica, sólo terminará cuando ocupen el poder políticos capaces de hacer política, y consultar a los ciudadanos, respetar su opinión, es la primera obligación de un demócrata. Si Rajoy tiene miedo de convocar un referéndum, debería dimitir, en lugar de embestir como un toro manso contra los ciudadanos cuyos intereses debería proteger.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Hombres de negro o líderes políticos
Hombres de negro o líderes políticos:
Entre los pocos momentos brillantes que le recuerdo a Cristóbal Montoro está aquel en el que negó que los “Hombres de Negro” de Europa fueran a venir a España a fiscalizar nuestras cuentas. Como la mayoría de las previsiones de Montoro, ésta tampoco se cumplió, y por ahí andan los enviados de Bruselas, quizá con trajes más vistosos, pero haciendo lo que el ministro de Hacienda negó que fueran a hacer.
De la desafiante petición de rescate formulada por el Gobierno de CiU pueden extraerse muchas consecuencias. La primera es que el mecanismo a aplicar, el de la Ley de Estabilidad apoyada por CiU en el Congreso de los Diputados, no parece gustarles ahora. La segunda, más importante, es que el Gobierno de Rajoy, en lugar del razonable recurso a los hispanobonos, ha optado por el mecanismo del rescate, el que le da más poder, aunque sea el más traumático y, seguramente, el más costoso. Así que en nuestro país aplicamos lo que no queremos que nos aplique Europa: fuera reclamamos eurobonos, pero aquí, cuando de Comunidades Autónomas se trata, nos quedamos con el rescate. Y con el rescate llegan los hombres de negro; es casi una ley física.
De esta forma, Bruselas nos manda sus temidos contables, y Madrid enviará a los suyos a Barcelona, a Valencia y a Murcia, de momento. Conociendo la tendencia de Rajoy a desviar responsabilidades, no sería de extrañar que Montoro acabara por sugerirles a los fiscalizadores europeos que se dieran una vuelta por la España de las Autonomías.
Mientras tanto, Rajoy, fiel a sí mismo, persevera en la línea que marcó su política en la oposición: la de sacrificar nuestro prestigio si con ello él obtiene algún beneficio. Porque el mecanismo diseñado para proporcionar liquidez a las Comunidades Autónomas es letal para el crédito de España, que se ha convertido en el rescatador rescatado. El país de los hombres de negro. A nadie se le oculta, por otra parte, que la imagen de un gobierno central acosando a los gobiernos autonómicos no contribuye a mejorar la que tiene el país en su conjunto. A Rajoy esos riesgos no sólo no parecen importarle, sino que se le ve cómodo en ese escenario. Tiene a quien echarle la culpa.
Con todo, lo peor es el empeño del Gobierno por eludir la discusión de fondo: la cuestión no es quién gasta qué, sino en qué nos gastamos lo que tenemos, cuáles son nuestras prioridades, cuál el modelo de sociedad al que aspiramos. Echando mano del clásico, no se trataría de si los cañones los paga Madrid o Barcelona, sino de si entre todos somos capaces de decidir si nos gastamos el dinero en cañones o en mantequilla. Pero claro, éste es un debate que no interesa al Partido Popular, al menos por el momento. A Rajoy ahora le es mucho más útil usar la crisis como coartada para debilitar a las Comunidades Autónomas, para erosionar su prestigio. Porque cada hachazo a la capacidad de actuación de un gobierno autonómico es un hachazo contra la educación y la sanidad públicas, que están en manos de esos gobiernos y suponen cerca del 80% de su presupuesto. Escuchando a algunos líderes del PP no es difícil aventurar que más adelante, con un Estado de bienestar severamente adelgazado y unas autonomías con la credibilidad por los suelos, plantearán la revisión del esquema de reparto territorial; no para mejorarlo, sino para ajustar cuentas con un modelo que nunca les gustó.
Cierto es que, años después de su despliegue, es bueno que reflexionemos sobre el funcionamiento de nuestro Estado Autonómico. Para hacerlo más cooperativo que reivindicativo, para evitar duplicidades, y hacerlo más barato y eficaz. Pero una cosa es abrir ese debate, llevar a cabo las oportunas y acordadas reformas y otra, agravar la desconfianza, insistiendo como hace el gobierno machaconamente en un mensaje demoledor: el de que las Comunidades Autónomas sólo saben malgastar.
Lo que está pasando en Europa tiene algunas similitudes inquietantes con lo que sucede en España. El pasado lunes lo dijo Van Rompuy en Madrid: para el presidente del Consejo Europeo, la UE debe contribuir a solucionar la crisis en España porque es corresponsable de su origen. Y lo es en un doble sentido. Porque nuestra burbuja inmobiliaria no se habría podido financiar sin el codicioso concurso de buena parte de las entidades financieras europeas más importantes. Y, sobre todo, porque España está sufriendo lo que podríamos denominar como la “prima de riesgo del euro”, que nos lleva a la paradoja de financiarnos a tipos mucho más altos que países que tienen peores fundamentos económicos que el nuestro y niveles de endeudamiento superiores. Eso sí, no pertenecen a la zona euro. A estas alturas nadie duda de que nuestro país, entre otros, está pagando, junto a sus propios excesos inmobiliarios, las insuficiencias de una moneda común alumbrada sin un Tesoro único, sin una política fiscal no ya única sino ni siquiera coordinada, con un sistema financiero fragmentado y sin vínculos institucionales comunes, y con un BCE poderoso pero con una capacidad de actuación limitada.
Estas circunstancias han conducido a una fragmentación económica y financiera en los países de la zona euro que paradójicamente sólo tiene un rasgo común: el creciente desapego hacia el proyecto europeo. Al Norte y al Sur de los Alpes los ciudadanos expresan con razones cada vez más distantes entre sí sus dudas, cuando no su oposición, a la forma en que se lleva a cabo la estrategia de salida de la crisis. En el Norte por lo que consideran excesos en la solidaridad intraeuropea. Y en el Sur por las insuficiencias y los costes sociales de una política económica de austeridad y ajuste a cualquier precio. Unos y otros tienen razón en una cosa: la estrategia es equivocada. Se han aplicado soluciones económicas, por cierto muy discutibles, sin abordar los problemas esenciales, que son políticos y afectan a nuestro proyecto de moneda única.
Como en el caso de España, los problemas que aquejan a Europa son de fondo. Necesita completar, de una vez por todas, el proyecto europeo, para atajar las insuficiencias democráticas que sufren sus instituciones y alcanzar un objetivo último: la creación de una auténtica unión política —económica y fiscal pero también social—, capaz de aglutinar a los europeos, a los del Norte y a los del Sur. Una transformación que, sin duda, exigirá la reforma de los Tratados, y que no será de fácil diseño ni, por supuesto, de rápida aplicación.
Y puestas así las cosas, nuestra obligación, la de los europeístas del Sur, es plantear nuestros temores con claridad: si después de dos años de aplicación de una política de rigor y ajuste lo que se vislumbra es una larga e inaceptable etapa de malestar y sufrimiento social, entonces no habrá salida. Será muy difícil convencer a los ciudadanos de nuestros países, desde luego a los españoles, de la necesidad de ceder más soberanía a una Unión que en lugar de bienestar sólo impone sacrificios. Sobre todo a los jóvenes, los que más están sufriendo, en forma de desempleo y de incertidumbre sobre su futuro, los errores cometidos.
Por eso, desde este mismo momento, la UE debe cambiar su estrategia económica de salida de la crisis, la estrategia de la derecha europea, empezando por la política monetaria, que tiene que dar tiempo para que países como España puedan hacer, de manera socialmente aceptable, las reformas y la reducción del endeudamiento acumulado. Combinando, adecuadamente, las medidas de austeridad con estímulos al crecimiento y a la creación de empleo. Por cierto, hace un año, quienes nos atrevimos a exigirlo fuimos tildados, como poco, de heterodoxos; hoy son cada día más numerosas las voces que piden esos cambios.
Tanto en España como en Europa, la estrategia ante la crisis está deteriorando gravemente la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Criminalizando a los europeos del Sur, abundando en toscos mensajes de cigarras y hormigas, Europa nunca llegará a ser ese gran espacio de progreso y convivencia en paz que soñaron Monnet, Adenauer y Schuman. Y erosionando la legitimidad de las Comunidades Autónomas, reduciendo por la vía de los hechos su margen de maniobra —que es lo que está haciendo el PP— se quiebra un modelo que, con todas sus imperfecciones, en las tres últimas décadas ha sido fundamental para el bienestar de los españoles. Para recuperar esa confianza, necesitamos líderes políticos capaces de generar adhesión en torno a un proyecto compartido, y no un ejército de amenazantes hombres de negro.
Alfredo Pérez Rubalcaba es secretario general del PSOE.
Entre los pocos momentos brillantes que le recuerdo a Cristóbal Montoro está aquel en el que negó que los “Hombres de Negro” de Europa fueran a venir a España a fiscalizar nuestras cuentas. Como la mayoría de las previsiones de Montoro, ésta tampoco se cumplió, y por ahí andan los enviados de Bruselas, quizá con trajes más vistosos, pero haciendo lo que el ministro de Hacienda negó que fueran a hacer.
De la desafiante petición de rescate formulada por el Gobierno de CiU pueden extraerse muchas consecuencias. La primera es que el mecanismo a aplicar, el de la Ley de Estabilidad apoyada por CiU en el Congreso de los Diputados, no parece gustarles ahora. La segunda, más importante, es que el Gobierno de Rajoy, en lugar del razonable recurso a los hispanobonos, ha optado por el mecanismo del rescate, el que le da más poder, aunque sea el más traumático y, seguramente, el más costoso. Así que en nuestro país aplicamos lo que no queremos que nos aplique Europa: fuera reclamamos eurobonos, pero aquí, cuando de Comunidades Autónomas se trata, nos quedamos con el rescate. Y con el rescate llegan los hombres de negro; es casi una ley física.
De esta forma, Bruselas nos manda sus temidos contables, y Madrid enviará a los suyos a Barcelona, a Valencia y a Murcia, de momento. Conociendo la tendencia de Rajoy a desviar responsabilidades, no sería de extrañar que Montoro acabara por sugerirles a los fiscalizadores europeos que se dieran una vuelta por la España de las Autonomías.
Mientras tanto, Rajoy, fiel a sí mismo, persevera en la línea que marcó su política en la oposición: la de sacrificar nuestro prestigio si con ello él obtiene algún beneficio. Porque el mecanismo diseñado para proporcionar liquidez a las Comunidades Autónomas es letal para el crédito de España, que se ha convertido en el rescatador rescatado. El país de los hombres de negro. A nadie se le oculta, por otra parte, que la imagen de un gobierno central acosando a los gobiernos autonómicos no contribuye a mejorar la que tiene el país en su conjunto. A Rajoy esos riesgos no sólo no parecen importarle, sino que se le ve cómodo en ese escenario. Tiene a quien echarle la culpa.
Con todo, lo peor es el empeño del Gobierno por eludir la discusión de fondo: la cuestión no es quién gasta qué, sino en qué nos gastamos lo que tenemos, cuáles son nuestras prioridades, cuál el modelo de sociedad al que aspiramos. Echando mano del clásico, no se trataría de si los cañones los paga Madrid o Barcelona, sino de si entre todos somos capaces de decidir si nos gastamos el dinero en cañones o en mantequilla. Pero claro, éste es un debate que no interesa al Partido Popular, al menos por el momento. A Rajoy ahora le es mucho más útil usar la crisis como coartada para debilitar a las Comunidades Autónomas, para erosionar su prestigio. Porque cada hachazo a la capacidad de actuación de un gobierno autonómico es un hachazo contra la educación y la sanidad públicas, que están en manos de esos gobiernos y suponen cerca del 80% de su presupuesto. Escuchando a algunos líderes del PP no es difícil aventurar que más adelante, con un Estado de bienestar severamente adelgazado y unas autonomías con la credibilidad por los suelos, plantearán la revisión del esquema de reparto territorial; no para mejorarlo, sino para ajustar cuentas con un modelo que nunca les gustó.
Cierto es que, años después de su despliegue, es bueno que reflexionemos sobre el funcionamiento de nuestro Estado Autonómico. Para hacerlo más cooperativo que reivindicativo, para evitar duplicidades, y hacerlo más barato y eficaz. Pero una cosa es abrir ese debate, llevar a cabo las oportunas y acordadas reformas y otra, agravar la desconfianza, insistiendo como hace el gobierno machaconamente en un mensaje demoledor: el de que las Comunidades Autónomas sólo saben malgastar.
Lo que está pasando en Europa tiene algunas similitudes inquietantes con lo que sucede en España. El pasado lunes lo dijo Van Rompuy en Madrid: para el presidente del Consejo Europeo, la UE debe contribuir a solucionar la crisis en España porque es corresponsable de su origen. Y lo es en un doble sentido. Porque nuestra burbuja inmobiliaria no se habría podido financiar sin el codicioso concurso de buena parte de las entidades financieras europeas más importantes. Y, sobre todo, porque España está sufriendo lo que podríamos denominar como la “prima de riesgo del euro”, que nos lleva a la paradoja de financiarnos a tipos mucho más altos que países que tienen peores fundamentos económicos que el nuestro y niveles de endeudamiento superiores. Eso sí, no pertenecen a la zona euro. A estas alturas nadie duda de que nuestro país, entre otros, está pagando, junto a sus propios excesos inmobiliarios, las insuficiencias de una moneda común alumbrada sin un Tesoro único, sin una política fiscal no ya única sino ni siquiera coordinada, con un sistema financiero fragmentado y sin vínculos institucionales comunes, y con un BCE poderoso pero con una capacidad de actuación limitada.
Estas circunstancias han conducido a una fragmentación económica y financiera en los países de la zona euro que paradójicamente sólo tiene un rasgo común: el creciente desapego hacia el proyecto europeo. Al Norte y al Sur de los Alpes los ciudadanos expresan con razones cada vez más distantes entre sí sus dudas, cuando no su oposición, a la forma en que se lleva a cabo la estrategia de salida de la crisis. En el Norte por lo que consideran excesos en la solidaridad intraeuropea. Y en el Sur por las insuficiencias y los costes sociales de una política económica de austeridad y ajuste a cualquier precio. Unos y otros tienen razón en una cosa: la estrategia es equivocada. Se han aplicado soluciones económicas, por cierto muy discutibles, sin abordar los problemas esenciales, que son políticos y afectan a nuestro proyecto de moneda única.
Como en el caso de España, los problemas que aquejan a Europa son de fondo. Necesita completar, de una vez por todas, el proyecto europeo, para atajar las insuficiencias democráticas que sufren sus instituciones y alcanzar un objetivo último: la creación de una auténtica unión política —económica y fiscal pero también social—, capaz de aglutinar a los europeos, a los del Norte y a los del Sur. Una transformación que, sin duda, exigirá la reforma de los Tratados, y que no será de fácil diseño ni, por supuesto, de rápida aplicación.
Y puestas así las cosas, nuestra obligación, la de los europeístas del Sur, es plantear nuestros temores con claridad: si después de dos años de aplicación de una política de rigor y ajuste lo que se vislumbra es una larga e inaceptable etapa de malestar y sufrimiento social, entonces no habrá salida. Será muy difícil convencer a los ciudadanos de nuestros países, desde luego a los españoles, de la necesidad de ceder más soberanía a una Unión que en lugar de bienestar sólo impone sacrificios. Sobre todo a los jóvenes, los que más están sufriendo, en forma de desempleo y de incertidumbre sobre su futuro, los errores cometidos.
Por eso, desde este mismo momento, la UE debe cambiar su estrategia económica de salida de la crisis, la estrategia de la derecha europea, empezando por la política monetaria, que tiene que dar tiempo para que países como España puedan hacer, de manera socialmente aceptable, las reformas y la reducción del endeudamiento acumulado. Combinando, adecuadamente, las medidas de austeridad con estímulos al crecimiento y a la creación de empleo. Por cierto, hace un año, quienes nos atrevimos a exigirlo fuimos tildados, como poco, de heterodoxos; hoy son cada día más numerosas las voces que piden esos cambios.
Tanto en España como en Europa, la estrategia ante la crisis está deteriorando gravemente la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Criminalizando a los europeos del Sur, abundando en toscos mensajes de cigarras y hormigas, Europa nunca llegará a ser ese gran espacio de progreso y convivencia en paz que soñaron Monnet, Adenauer y Schuman. Y erosionando la legitimidad de las Comunidades Autónomas, reduciendo por la vía de los hechos su margen de maniobra —que es lo que está haciendo el PP— se quiebra un modelo que, con todas sus imperfecciones, en las tres últimas décadas ha sido fundamental para el bienestar de los españoles. Para recuperar esa confianza, necesitamos líderes políticos capaces de generar adhesión en torno a un proyecto compartido, y no un ejército de amenazantes hombres de negro.
Alfredo Pérez Rubalcaba es secretario general del PSOE.
La historia de HTML5 – La infografía
La historia de HTML5 – La infografía:
Pareciera que las infografías están por todos lados hoy en día están por todas partes en línea. Incluso hay artículos sobre lo que son, por qué las necesitamos y cómo producirlas. Para los que no lo saben, una infografía es un dispositivo visual que puede ser usado para diseminar información compleja de una forma simple y fácil de entender. Esta infografía cumple con todos esos criterios y trata con la historia de HTML5.
HTML5 es un lenguaje de marcado computacional utilizado para construir sitios web –fue lanzado en 2008, pero su historia se remonta hasta los primeros días del lenguaje computacional antes del internet. Lo que es realmente especial es que también incluye algunas fechas significativas de la cultura pop, lo cual facilita saber qué estaba pasando en el mundo simultáneamente. ¿Sabías que Firefox superó a Internet Explorer como navegador principal el mismo año en que Michael Jackson se despidió para siempre de sus fans?
Qué tan útil será todo esto queda por verse, pero tener la historia completa de internet en un solo lugar (aunque sea de forma muy básica) tiene que ser una buena idea un gráfico que todos podemos usar para averiguar cuándo pasó cada cosa.

Via: Wix.com
Pareciera que las infografías están por todos lados hoy en día están por todas partes en línea. Incluso hay artículos sobre lo que son, por qué las necesitamos y cómo producirlas. Para los que no lo saben, una infografía es un dispositivo visual que puede ser usado para diseminar información compleja de una forma simple y fácil de entender. Esta infografía cumple con todos esos criterios y trata con la historia de HTML5.
HTML5 es un lenguaje de marcado computacional utilizado para construir sitios web –fue lanzado en 2008, pero su historia se remonta hasta los primeros días del lenguaje computacional antes del internet. Lo que es realmente especial es que también incluye algunas fechas significativas de la cultura pop, lo cual facilita saber qué estaba pasando en el mundo simultáneamente. ¿Sabías que Firefox superó a Internet Explorer como navegador principal el mismo año en que Michael Jackson se despidió para siempre de sus fans?
Qué tan útil será todo esto queda por verse, pero tener la historia completa de internet en un solo lugar (aunque sea de forma muy básica) tiene que ser una buena idea un gráfico que todos podemos usar para averiguar cuándo pasó cada cosa.
Via: Wix.com
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domingo, 2 de septiembre de 2012
La maldición de La Lechera
La maldición de La Lechera:
El sector lácteo del Estado español atraviesa una de las peores crisis que se recuerdan, la bajada progresiva de precios está provocando que cientos de pequeñas y medianas explotaciones ganaderas tengan que cerrar ya que no pueden, ni siquiera, cubrir los costes de producción. En 1994 existían 140.000 explotaciones lácteas, hoy sólo quedan 23.000 en todo el país.
Se ha impuesto un modelo de concentración de grandes agroindustrias y cadenas de distribución. En él, son los conglomerados empresariales quienes fijan los precios y llevan a los pequeños y medianos ganaderos a la bancarrota. La única medida adoptada por el Ministerio competente (Agricultura) ante la crisis: reunirse con las grandes agroindustrias y cadenas de distribución para pedirles “por favor” que aflojen la soga del ahorcado, que sean sensibles a la situación del sector lácteo y que lleguen a lo que llaman un “Acuerdo Voluntario de Buenas Prácticas Comerciales entre productores, industriales y distribución”. Ustedes pueden juzgar si esta reacción es suficiente y proporcionada.
La desaparición progresiva de estos ganaderos nos afecta a todos. No sólo tiene que ver con la leche que ponemos en nuestra mesa, también afecta al empobrecimiento económico de nuestros pueblos, y al futuro de la ganadería y a la conservación del entorno y del medio rural.— Javier Guzmán. Director de Veterinarios sin Fronteras.
El sector lácteo del Estado español atraviesa una de las peores crisis que se recuerdan, la bajada progresiva de precios está provocando que cientos de pequeñas y medianas explotaciones ganaderas tengan que cerrar ya que no pueden, ni siquiera, cubrir los costes de producción. En 1994 existían 140.000 explotaciones lácteas, hoy sólo quedan 23.000 en todo el país.
Se ha impuesto un modelo de concentración de grandes agroindustrias y cadenas de distribución. En él, son los conglomerados empresariales quienes fijan los precios y llevan a los pequeños y medianos ganaderos a la bancarrota. La única medida adoptada por el Ministerio competente (Agricultura) ante la crisis: reunirse con las grandes agroindustrias y cadenas de distribución para pedirles “por favor” que aflojen la soga del ahorcado, que sean sensibles a la situación del sector lácteo y que lleguen a lo que llaman un “Acuerdo Voluntario de Buenas Prácticas Comerciales entre productores, industriales y distribución”. Ustedes pueden juzgar si esta reacción es suficiente y proporcionada.
La desaparición progresiva de estos ganaderos nos afecta a todos. No sólo tiene que ver con la leche que ponemos en nuestra mesa, también afecta al empobrecimiento económico de nuestros pueblos, y al futuro de la ganadería y a la conservación del entorno y del medio rural.— Javier Guzmán. Director de Veterinarios sin Fronteras.
La maldición de La Lechera
La maldición de La Lechera:
El sector lácteo del Estado español atraviesa una de las peores crisis que se recuerdan, la bajada progresiva de precios está provocando que cientos de pequeñas y medianas explotaciones ganaderas tengan que cerrar ya que no pueden, ni siquiera, cubrir los costes de producción. En 1994 existían 140.000 explotaciones lácteas, hoy sólo quedan 23.000 en todo el país.
Se ha impuesto un modelo de concentración de grandes agroindustrias y cadenas de distribución. En él, son los conglomerados empresariales quienes fijan los precios y llevan a los pequeños y medianos ganaderos a la bancarrota. La única medida adoptada por el Ministerio competente (Agricultura) ante la crisis: reunirse con las grandes agroindustrias y cadenas de distribución para pedirles “por favor” que aflojen la soga del ahorcado, que sean sensibles a la situación del sector lácteo y que lleguen a lo que llaman un “Acuerdo Voluntario de Buenas Prácticas Comerciales entre productores, industriales y distribución”. Ustedes pueden juzgar si esta reacción es suficiente y proporcionada.
La desaparición progresiva de estos ganaderos nos afecta a todos. No sólo tiene que ver con la leche que ponemos en nuestra mesa, también afecta al empobrecimiento económico de nuestros pueblos, y al futuro de la ganadería y a la conservación del entorno y del medio rural.— Javier Guzmán. Director de Veterinarios sin Fronteras.
El sector lácteo del Estado español atraviesa una de las peores crisis que se recuerdan, la bajada progresiva de precios está provocando que cientos de pequeñas y medianas explotaciones ganaderas tengan que cerrar ya que no pueden, ni siquiera, cubrir los costes de producción. En 1994 existían 140.000 explotaciones lácteas, hoy sólo quedan 23.000 en todo el país.
Se ha impuesto un modelo de concentración de grandes agroindustrias y cadenas de distribución. En él, son los conglomerados empresariales quienes fijan los precios y llevan a los pequeños y medianos ganaderos a la bancarrota. La única medida adoptada por el Ministerio competente (Agricultura) ante la crisis: reunirse con las grandes agroindustrias y cadenas de distribución para pedirles “por favor” que aflojen la soga del ahorcado, que sean sensibles a la situación del sector lácteo y que lleguen a lo que llaman un “Acuerdo Voluntario de Buenas Prácticas Comerciales entre productores, industriales y distribución”. Ustedes pueden juzgar si esta reacción es suficiente y proporcionada.
La desaparición progresiva de estos ganaderos nos afecta a todos. No sólo tiene que ver con la leche que ponemos en nuestra mesa, también afecta al empobrecimiento económico de nuestros pueblos, y al futuro de la ganadería y a la conservación del entorno y del medio rural.— Javier Guzmán. Director de Veterinarios sin Fronteras.
Contadores de sombra
Contadores de sombra:
Confiados, se fueron de vacaciones. Cuando estaba cerrando las persianas, ella sintió pasar sobre sus párpados una sombra de sospecha al acordarse involuntariamente de la consolidada tradición de aprovechar la distracción veraniega de la ciudadanía para promulgar decretos-leyes lancinantes y vergonzosos, implacablemente practicada por gobiernos de todos los signos ideológicos, pero dejó pasar la sombra como una nube efímera, entre otras cosas porque ya le resultaba difícil imaginar decretos más lancinantes y leyes más vergonzosas que las que se habían promulgado en los últimos tiempos, antes y después de haberse declarado la crisis bancaria. Echaron el cerrojo a la puerta y dejaron una luz semiencendida siguiendo las recomendaciones de la policía, debido al alarmante aumento de robos en los domicilios de la zona, algo que había llegado a ser, como tantas otras cosas, un ingrediente más de los que contribuían a crear ambiente para el acontecimiento que no debe ser nombrado. Él se había autoinoculado la ilusoria pero sedante creencia de que, en cuanto llegasen a la playa y comenzasen a escuchar el tranquilizador estruendo de las “motosierras” (que era como él llamaba a esos monstruosos cañones que expelen aire como tubos de escape, armados con los cuales unos hombres empequeñecidos por tales mecanismos hacen un ruido gigantesco a lo largo de las interminables urbanizaciones de la costa mediterránea con el pretexto de amontonar las hojas caídas de los árboles, pero con la finalidad real de despertar de su letargo a los veraneantes y hacerles tomar conciencia de sus inmerecidos privilegios), ya estarían más allá de la influencia de la prima de riesgo, más allá del miedo, de la angustia, de las posibilidades de manipulación y de la bilis de todos los colores, como si alguien que no tuviera medios exorbitantes de defensa y autosuficiencia pudiera realmente alcanzar semejante “más allá”.
Fue el mes de agosto más extraño de toda su vida. Cada vez que él sentía aquel pinchazo intermitente en la zona del hígado, procuraba pensar en otra cosa mientras sonreía a su esposa o miraba las olas romper lenta, sucesiva y desordenadamente desde la línea de los windsurfistas hasta la arena bajo sus pies: otra sombra atravesaba entonces, como un rayo, su imaginación habitualmente inactiva (“¿seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?”); intentaba disiparla con la mano, fingiendo que espantaba un mosquito, pensando sarcásticamente que no era un buen momento para caer enfermo, considerando no solamente la decadencia de la seguridad social, sino también el endurecimiento de las bajas por enfermedad. La ocasional yuxtaposición de aquel turbio dolor con la visión de la playa le hizo recordar que alguna vez alguien había comparado el progreso de su país con la formación de las olas, y la corrupción con esa grasienta espuma que se forma en su cresta; la punzada hepática hacía así que, en su confusa visión, esa grasa nauseabunda quedase sobrenadando en el agua cuando el oleaje se calmaba y acabase por inundar todas las instituciones públicas, como si el progreso de pronto se hubiese reducido a ese pringue. Afortunadamente, el ataque de rencor ultraliberal que esa visión provocaba era inmediatamente contrarrestado por el cava, que llegaba siempre a tiempo de mitigar a la vez el pinchazo y el resentimiento, y que con su aturdimiento propiciaba un humor demagógico-populista que identificaba “lo público” con “lo bueno” (identificación que, por desgracia, distaba mucho de ser correcta) y, después de un momento de euforia, se convertía otra vez en una sombra nostálgica, lo que nunca venía mal, teniendo en cuenta lo mucho que se desea la sombra en los rigores de la canícula.
Desde el comienzo de las vacaciones, ella se volvió una maestra en el arte de no abrir la boca. Sabía que cada vez que lo hacía, aunque fuese en mitad de la cena para comentar la calidad del souquet, su angustia podía jugarle una mala pasada y —como atestiguaba el desconfiado ceño de su marido cuando despegaba los labios— llevarle a hacer preguntas metafísicas (“¿para qué hemos estado trabajando toda nuestra vida y cotizando a la seguridad social durante cuarenta años? ¿para qué hemos estado pagando impuestos y ahorrando estos cuatro euros que ahora, como esas pobres gentes a quienes se les empieza a transparentar el abrigo de tanto haberlo remendado, bajo su apariencia prusiana traslucen su humilde lencería de pesetas?”). De modo que había aprendido a comunicarse por gestos, moviendo las manos alegremente, como si estuviese dirigiendo una orquesta (aunque la orquesta no podría tocar más que algo francamente decadente, como la suite de jazz nº 2 de Shostakovich o One for my baby de Billie Holliday), al mismo tiempo que sonreía y levantaba las cejas en señal de despreocupación. Como lectura de evasión, y ante la mirada atónita del vendedor (que llevaba meses sin ver a una persona entrar en la librería), se había comprado una novela histórica ambientada a finales de la Edad Media, que resultó ser francamente mala. A medida que leía sus páginas se iba formando, en torno al débil argumento del libro y sin su contribución consciente y deliberada, una especie de trama superpuesta. Hubo, en efecto, un tiempo en el cual todo el negocio de la creencia y la confianza en el porvenir constituía un sector administrado en régimen de monopolio por la Iglesia católica, y su libro describía un mundo en el cual esa creencia había entrado en colapso. En la realidad actual, ese negocio se llama “crédito” y lo administra, también en exclusiva, la banca. Y ella estaba asistiendo a la quiebra de la creencia en el porvenir de su país, es decir, estaba viendo cómo a su alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro, aunque procuraba enfrascarse en la ridícula intriga de aquella fábula para no escuchar la interrogación que acabaría de amargar sus vacaciones (“¿qué será de nuestros hijos?”).
Aunque acerca de este asunto, en verdad, ambos tenían una seguridad tan inconfesa como sus dudas. Éstas últimas, aunque siempre implícitas entre ellos, eran más o menos acuciantes (“¿A dónde regresaremos cuando acaben nuestras vacaciones? ¿Tendremos aún casa, empleo, sueldo, cuenta bancaria? ¿Existirá aún el país del que partimos mirando aquellos carteles de la DGT que decían Lo principal es volver, pero no decían cómo ni a dónde?”) o curiosas (“¿Quién será tan cándido como para acudir a votar en las próximas elecciones, que se adivinan como uno de los hechos más apasionantes del horizonte?”). Aquélla otra, la seguridad, era de nuevo tan sombría como inexorable: si bien no querían aún decirlo abiertamente, ellos sabían muy bien cuál sería su futuro, porque ya lo habían vivido en su infancia y en su juventud; su futuro era su pasado, al que ahora tendrían que enfrentarse algo más cansados y con menos expectativas, como Sísifo la enésima vez que ve cómo su roca es devuelta al punto de partida de su pretendido ascenso. Esto contestaba a las preguntas que, antes del “despertar” crítico, inundaban alegremente los foros del espectáculo público: ¿cómo será la vivienda del futuro, el periódico del futuro, la universidad del futuro, la política del futuro? El enigma se había desvelado: serían, exactamente, las viviendas del pasado (pasarán lustros antes de que nadie construya otras nuevas), los periódicos, la universidad y la política del pasado, puesto que el país se había quedado repentinamente sin porvenir alguno, es decir, serían justamente todo eso de lo que hasta hace poco pensábamos que ya nos habíamos librado como quien consigue erradicar las liendres de su ropa o las cucarachas de su casa. En el fondo, eso les daba la tranquilidad de esas historias en las cuales no hay misterio alguno y todos los personajes saben demasiado bien a lo que se enfrentan, como si todo lo demás —los sueños de riqueza social y las aspiraciones a una democracia de primera— hubiera sido uno de esos espejismos que el desierto engendra y que después disipa.
En total, durante aquellas vacaciones acumularon grandes cantidades de sombra, aunque procuraron hacerlo con una extremada discreción porque sabían que, de divulgarse la noticia, aparecería alguna compañía dispuesta a facturarles también la materia oscura, incluyendo el no menos oscuro déficit tarifario del suministro de tinieblas.
José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).
Confiados, se fueron de vacaciones. Cuando estaba cerrando las persianas, ella sintió pasar sobre sus párpados una sombra de sospecha al acordarse involuntariamente de la consolidada tradición de aprovechar la distracción veraniega de la ciudadanía para promulgar decretos-leyes lancinantes y vergonzosos, implacablemente practicada por gobiernos de todos los signos ideológicos, pero dejó pasar la sombra como una nube efímera, entre otras cosas porque ya le resultaba difícil imaginar decretos más lancinantes y leyes más vergonzosas que las que se habían promulgado en los últimos tiempos, antes y después de haberse declarado la crisis bancaria. Echaron el cerrojo a la puerta y dejaron una luz semiencendida siguiendo las recomendaciones de la policía, debido al alarmante aumento de robos en los domicilios de la zona, algo que había llegado a ser, como tantas otras cosas, un ingrediente más de los que contribuían a crear ambiente para el acontecimiento que no debe ser nombrado. Él se había autoinoculado la ilusoria pero sedante creencia de que, en cuanto llegasen a la playa y comenzasen a escuchar el tranquilizador estruendo de las “motosierras” (que era como él llamaba a esos monstruosos cañones que expelen aire como tubos de escape, armados con los cuales unos hombres empequeñecidos por tales mecanismos hacen un ruido gigantesco a lo largo de las interminables urbanizaciones de la costa mediterránea con el pretexto de amontonar las hojas caídas de los árboles, pero con la finalidad real de despertar de su letargo a los veraneantes y hacerles tomar conciencia de sus inmerecidos privilegios), ya estarían más allá de la influencia de la prima de riesgo, más allá del miedo, de la angustia, de las posibilidades de manipulación y de la bilis de todos los colores, como si alguien que no tuviera medios exorbitantes de defensa y autosuficiencia pudiera realmente alcanzar semejante “más allá”.
Fue el mes de agosto más extraño de toda su vida. Cada vez que él sentía aquel pinchazo intermitente en la zona del hígado, procuraba pensar en otra cosa mientras sonreía a su esposa o miraba las olas romper lenta, sucesiva y desordenadamente desde la línea de los windsurfistas hasta la arena bajo sus pies: otra sombra atravesaba entonces, como un rayo, su imaginación habitualmente inactiva (“¿seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?”); intentaba disiparla con la mano, fingiendo que espantaba un mosquito, pensando sarcásticamente que no era un buen momento para caer enfermo, considerando no solamente la decadencia de la seguridad social, sino también el endurecimiento de las bajas por enfermedad. La ocasional yuxtaposición de aquel turbio dolor con la visión de la playa le hizo recordar que alguna vez alguien había comparado el progreso de su país con la formación de las olas, y la corrupción con esa grasienta espuma que se forma en su cresta; la punzada hepática hacía así que, en su confusa visión, esa grasa nauseabunda quedase sobrenadando en el agua cuando el oleaje se calmaba y acabase por inundar todas las instituciones públicas, como si el progreso de pronto se hubiese reducido a ese pringue. Afortunadamente, el ataque de rencor ultraliberal que esa visión provocaba era inmediatamente contrarrestado por el cava, que llegaba siempre a tiempo de mitigar a la vez el pinchazo y el resentimiento, y que con su aturdimiento propiciaba un humor demagógico-populista que identificaba “lo público” con “lo bueno” (identificación que, por desgracia, distaba mucho de ser correcta) y, después de un momento de euforia, se convertía otra vez en una sombra nostálgica, lo que nunca venía mal, teniendo en cuenta lo mucho que se desea la sombra en los rigores de la canícula.
Desde el comienzo de las vacaciones, ella se volvió una maestra en el arte de no abrir la boca. Sabía que cada vez que lo hacía, aunque fuese en mitad de la cena para comentar la calidad del souquet, su angustia podía jugarle una mala pasada y —como atestiguaba el desconfiado ceño de su marido cuando despegaba los labios— llevarle a hacer preguntas metafísicas (“¿para qué hemos estado trabajando toda nuestra vida y cotizando a la seguridad social durante cuarenta años? ¿para qué hemos estado pagando impuestos y ahorrando estos cuatro euros que ahora, como esas pobres gentes a quienes se les empieza a transparentar el abrigo de tanto haberlo remendado, bajo su apariencia prusiana traslucen su humilde lencería de pesetas?”). De modo que había aprendido a comunicarse por gestos, moviendo las manos alegremente, como si estuviese dirigiendo una orquesta (aunque la orquesta no podría tocar más que algo francamente decadente, como la suite de jazz nº 2 de Shostakovich o One for my baby de Billie Holliday), al mismo tiempo que sonreía y levantaba las cejas en señal de despreocupación. Como lectura de evasión, y ante la mirada atónita del vendedor (que llevaba meses sin ver a una persona entrar en la librería), se había comprado una novela histórica ambientada a finales de la Edad Media, que resultó ser francamente mala. A medida que leía sus páginas se iba formando, en torno al débil argumento del libro y sin su contribución consciente y deliberada, una especie de trama superpuesta. Hubo, en efecto, un tiempo en el cual todo el negocio de la creencia y la confianza en el porvenir constituía un sector administrado en régimen de monopolio por la Iglesia católica, y su libro describía un mundo en el cual esa creencia había entrado en colapso. En la realidad actual, ese negocio se llama “crédito” y lo administra, también en exclusiva, la banca. Y ella estaba asistiendo a la quiebra de la creencia en el porvenir de su país, es decir, estaba viendo cómo a su alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro, aunque procuraba enfrascarse en la ridícula intriga de aquella fábula para no escuchar la interrogación que acabaría de amargar sus vacaciones (“¿qué será de nuestros hijos?”).
Aunque acerca de este asunto, en verdad, ambos tenían una seguridad tan inconfesa como sus dudas. Éstas últimas, aunque siempre implícitas entre ellos, eran más o menos acuciantes (“¿A dónde regresaremos cuando acaben nuestras vacaciones? ¿Tendremos aún casa, empleo, sueldo, cuenta bancaria? ¿Existirá aún el país del que partimos mirando aquellos carteles de la DGT que decían Lo principal es volver, pero no decían cómo ni a dónde?”) o curiosas (“¿Quién será tan cándido como para acudir a votar en las próximas elecciones, que se adivinan como uno de los hechos más apasionantes del horizonte?”). Aquélla otra, la seguridad, era de nuevo tan sombría como inexorable: si bien no querían aún decirlo abiertamente, ellos sabían muy bien cuál sería su futuro, porque ya lo habían vivido en su infancia y en su juventud; su futuro era su pasado, al que ahora tendrían que enfrentarse algo más cansados y con menos expectativas, como Sísifo la enésima vez que ve cómo su roca es devuelta al punto de partida de su pretendido ascenso. Esto contestaba a las preguntas que, antes del “despertar” crítico, inundaban alegremente los foros del espectáculo público: ¿cómo será la vivienda del futuro, el periódico del futuro, la universidad del futuro, la política del futuro? El enigma se había desvelado: serían, exactamente, las viviendas del pasado (pasarán lustros antes de que nadie construya otras nuevas), los periódicos, la universidad y la política del pasado, puesto que el país se había quedado repentinamente sin porvenir alguno, es decir, serían justamente todo eso de lo que hasta hace poco pensábamos que ya nos habíamos librado como quien consigue erradicar las liendres de su ropa o las cucarachas de su casa. En el fondo, eso les daba la tranquilidad de esas historias en las cuales no hay misterio alguno y todos los personajes saben demasiado bien a lo que se enfrentan, como si todo lo demás —los sueños de riqueza social y las aspiraciones a una democracia de primera— hubiera sido uno de esos espejismos que el desierto engendra y que después disipa.
En total, durante aquellas vacaciones acumularon grandes cantidades de sombra, aunque procuraron hacerlo con una extremada discreción porque sabían que, de divulgarse la noticia, aparecería alguna compañía dispuesta a facturarles también la materia oscura, incluyendo el no menos oscuro déficit tarifario del suministro de tinieblas.
José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).
sábado, 1 de septiembre de 2012
¿Es peligroso beber alcohol mientras se toman antibióticos?
¿Es peligroso beber alcohol mientras se toman antibióticos?:
A pesar de que es una idea muy popular, que el alcohol ejerce algún efecto sobre los antibióticos es un mito, como lo son que los humanos solo usan el 10 % del cerebro o que las uñas y el pelo siguen creciendo después de muertos.
El mito nació en las clínicas de enfermedades venéreas abiertas tras la Segunda Guerra Mundial, pero el motivo era más psicológico que farmacéutico: las personas beodas tenían más probabilidades de aprovechar la oportunidad de una relación sexual causal. Al asustar al paciente, se otorgaba al fármaco una oportunidad para que funcionara antes de que el enfermo pudiera contagiar la enfermedad a otra persona.
Lo que sí puede ocurrir es que, si bebemos mucho alcohol, el fármaco funcione más lentamente (pero no dejará de hacerlo), porque el alcohol competirá con el fármaco para que el hígado lo procese.
Otro matiz que debemos señalar es que hay 5 antibióticos que sí parecen tener efectos secundarios graves si se mezclan con alcohol, pero no se recetan generalmente. El único que se receta de forma habitual es el metronidazol, que se usa para combatir infecciones dentales y ginecológicas. Las resaca, si se toma alcohol, es particularmente severa: vómitos, taquicardias y dolor de cabeza. Lo que ocurre es que el fármaco impide que el cuerpo descomponga el alcohol correctamente, lo que conduce a una acumulación en sangre de acetaldehído.
El mito nació en las clínicas de enfermedades venéreas abiertas tras la Segunda Guerra Mundial, pero el motivo era más psicológico que farmacéutico: las personas beodas tenían más probabilidades de aprovechar la oportunidad de una relación sexual causal. Al asustar al paciente, se otorgaba al fármaco una oportunidad para que funcionara antes de que el enfermo pudiera contagiar la enfermedad a otra persona.
Lo que sí puede ocurrir es que, si bebemos mucho alcohol, el fármaco funcione más lentamente (pero no dejará de hacerlo), porque el alcohol competirá con el fármaco para que el hígado lo procese.
Otro matiz que debemos señalar es que hay 5 antibióticos que sí parecen tener efectos secundarios graves si se mezclan con alcohol, pero no se recetan generalmente. El único que se receta de forma habitual es el metronidazol, que se usa para combatir infecciones dentales y ginecológicas. Las resaca, si se toma alcohol, es particularmente severa: vómitos, taquicardias y dolor de cabeza. Lo que ocurre es que el fármaco impide que el cuerpo descomponga el alcohol correctamente, lo que conduce a una acumulación en sangre de acetaldehído.
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