¡Cáspita!:
Como ustedes saben, este periódico es muy bien hablado. Procuramos, por ejemplo, no decir que estamos hasta los cojones para expresar que estamos hartos. Y evitamos en lo posible palabras como mierda. Así que cuando a uno le entran ganas de decir que está hasta los cojones de no ver más que mierda desde que se levanta hasta que se acuesta, se reprime y pone que ya vale, cáspita, de provocar. A ver si no es una provocación lo de los 38 millones de Bárcenas, reunidos a base de llevar la contabilidad de una panadería por las noches y de vender enciclopedias a domicilio los sábados por la mañana. ¿Cómo llamar, por otra parte, a lo de su falso despido y al galimatías en diferido de Cospedal, que en un minuto es capaz de decir más mentiras de las que caben en dos horas? ¿Y cómo digerir lo de los 21.300 euros mensuales que le pagaban las mismas personas que a usted y a mí nos imponen austeridad y nos recomiendan aspirinas para la hepatitis? 21.300 euros, por cierto, de usted y míos, ya que el PP se financia con nuestros impuestos. Por si no bastara, ahora quizá tengamos que hacernos cargo también del paro de ese multimillonario y evasor fiscal, valga la redundancia, que maneja a Rajoy como a una marioneta.
Pero el telediario está empezando. Aún no ha salido la princesa Corinna echándonos en cara los trabajos confidenciales que ha realizado para este pobre país sin cobrarnos un duro (gracias), ni han emitido las imágenes de esa niña con epilepsia a la que Ana Mato ha condenado a muerte. Aún no ha aparecido el analista de turno que calificará a Monti de realista (¿desde qué idea de realidad?) y a Beppo Grillo de payaso (¿comparado, digamos, con Montoro?). Querido redactor jefe, ¿es o no es para escribir con todas las letras que estamos hasta los cojones de la mierda que nos obligan a tragar desde la mañana hasta la noche?
lunes, 4 de marzo de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
¿Esto es caro? De cómo el precio de una cosa nos dice poco acerca del valor de una cosa
¿Esto es caro? De cómo el precio de una cosa nos dice poco acerca del valor de una cosa:
No puedo dejar de asombrarme cuando los defensores acérrimos de los derechos de autor, del copyright y de, en suma, una concepción de la cultura, de la información, como algo escaso y precioso que debe protegerse a toda costa (incluso pisoteando otros derechos más importantes), no dejo de asombrarme, digo, cuando esgrimen la peregrina pero difundidísima idea de que estamos restándole valor a los libros, a la música, a las películas que nos descargamos ávidamente de Internet sin pagar un euro por ello.
Porque, sostienen, si no pagamos nada por algo, entonces ese algo no tiene valor. Y, al no tener valor, concluyen, entonces se desprecia, lo que conduce a que aún se reclame mayor gratuidad, como el pez que se muerde la cola.
Como yo no os cobro dinero por leer lo que aquí publico, supongo que todo lo que aquí publico no tiene ningún valor para vosotros o sencillamente es basura. Y es posible que sea basura (según la ley de Sturgeon, “el 90 % de cualquier cosa es basura”), pero estoy convencido de que lo será con independencia del precio que os haga pagar por ello (por esa misma regla de tres, Justin Bieber debe de componer mejor música que miles de intérpretes porque las entradas a sus conciertos son carísimas y el tío los llena).
La cuestión es que el precio de las cosas, si bien le puede otorgar cierta aureola de alto standing, de Premium, de cool, a dichas cosas (un vino muy caro nos parecerá que tiene mejor buqué que uno barato, aunque nos hayan servido el mismo vino en ambas copas), no describe en absoluto el valor intrínseco de las cosas: si se vendiera el vino barato a precio de caro, no empezaría a ser un vino mejor.
Además, el precio de las cosas se impone por una mezcla de oferta y demanda y dinámicas psicológicas muy intrincadas. Sin contar el efecto anclaje, clarificado con un experimento muy elocuente en el libro de Dan Ariely Las trampas del deseo, que dijo a sus alumnos de la Sloan School of Business del MIT que iba a hacer una lectura de poesía (Hojas de hierba, de Walt Whitman), pero no sabía cuánto iba a costar, tal y como explica Chris Anderson en Gratis:
Los precios, pues, poco o nada nos dicen sobre el valor real de una cosa. Hasta el punto de que clubs de música de Los Ángeles están cobrando a los grupos por tocar en el club en vez de pagarles, como era lo habitual.
Ello no ha hecho disminuir la calidad de los grupos, porque éstos valoran la actuación en público más que el dinero, ya que si son buenos, pueden llegar a ganar mucho dinero y prestigio de otras maneras. (De hecho, vosotros no me estáis pagando por leerme, pero yo consigo pagar mis facturas gracias a lo que os escribo).
Y es que ya lo observó el agudo Mark Twain mucho antes de que naciera la piratería digital:
Porque, sostienen, si no pagamos nada por algo, entonces ese algo no tiene valor. Y, al no tener valor, concluyen, entonces se desprecia, lo que conduce a que aún se reclame mayor gratuidad, como el pez que se muerde la cola.
Como yo no os cobro dinero por leer lo que aquí publico, supongo que todo lo que aquí publico no tiene ningún valor para vosotros o sencillamente es basura. Y es posible que sea basura (según la ley de Sturgeon, “el 90 % de cualquier cosa es basura”), pero estoy convencido de que lo será con independencia del precio que os haga pagar por ello (por esa misma regla de tres, Justin Bieber debe de componer mejor música que miles de intérpretes porque las entradas a sus conciertos son carísimas y el tío los llena).
La cuestión es que el precio de las cosas, si bien le puede otorgar cierta aureola de alto standing, de Premium, de cool, a dichas cosas (un vino muy caro nos parecerá que tiene mejor buqué que uno barato, aunque nos hayan servido el mismo vino en ambas copas), no describe en absoluto el valor intrínseco de las cosas: si se vendiera el vino barato a precio de caro, no empezaría a ser un vino mejor.
Además, el precio de las cosas se impone por una mezcla de oferta y demanda y dinámicas psicológicas muy intrincadas. Sin contar el efecto anclaje, clarificado con un experimento muy elocuente en el libro de Dan Ariely Las trampas del deseo, que dijo a sus alumnos de la Sloan School of Business del MIT que iba a hacer una lectura de poesía (Hojas de hierba, de Walt Whitman), pero no sabía cuánto iba a costar, tal y como explica Chris Anderson en Gratis:
Entregó un cuestionario a todos los alumnos y preguntó a la mitad de ellos si estaban dispuestos a pagar 10 dólares por escucharle leer, y a la otra mitad le preguntó si estaba dispuesta a escucharle leer si les pagaba 10 dólares a cada uno. Luego les hizo a todos la misma pregunta: ¿Qué pagarían por escucharle leer la versión corta, media o larga del poema? La nota inicial es lo que los economistas conductuales denominan un “ancla”, que calibra lo que piensa el consumidor que es un precio justo. Ello puede tener un efecto decisivo sobre lo que pagarán en última instancia. En este caso, los alumnos a los que les preguntaron si pagarían 10 dólares, estaban dispuestos a pagar, como media, 1 dólar por el poema corto, 2 dólares por la versión media, y 3 dólares por la versión larga. Entre tanto, los alumnos a los que se les había hecho creer que Ariely les pagaría, dijeron que querían 1,30 dólares por escuchar la versión corta, 2,70 dólares por la mediana, y 4,80 por soportar la lectura larga.
Los precios, pues, poco o nada nos dicen sobre el valor real de una cosa. Hasta el punto de que clubs de música de Los Ángeles están cobrando a los grupos por tocar en el club en vez de pagarles, como era lo habitual.
Ello no ha hecho disminuir la calidad de los grupos, porque éstos valoran la actuación en público más que el dinero, ya que si son buenos, pueden llegar a ganar mucho dinero y prestigio de otras maneras. (De hecho, vosotros no me estáis pagando por leerme, pero yo consigo pagar mis facturas gracias a lo que os escribo).
Y es que ya lo observó el agudo Mark Twain mucho antes de que naciera la piratería digital:
En Inglaterra existen caballeros acomodados que conducen coches de pasajeros de cuatro caballos durante 20 o 30 millas en un recorrido diario en verano porque el privilegio les cuesta un dinero considerable; pero si les ofrecieran un salario por el servicio, eso lo convertiría en trabajo y se negarían a hacerlo.
No te fíes de la sabiduría popular o por qué cuando el río suena, “no siempre” agua lleva (I)
No te fíes de la sabiduría popular o por qué cuando el río suena, “no siempre” agua lleva (I):
Se suele decir que, cuando el río suena, agua lleva. Es decir, que si mucha gente apoya una idea o hay muchos indicios de que una idea es cierta, entonces será cierta, olerá a podrido en Dinamarca.
Sin embargo, confiar en esta asunción es tan aventurado como confiar justo en la contraria: que la mayoría siempre se equivoca. Si fuera así, la democracia sería una entelequia (más de lo que ya es), Wikipedia no funcionaría y la inteligencia colectiva sería un término vacuo.
El quid de la cuestión, pues, parece residir en cuándo debemos depositar nuestra confianza en la mayoría y cuándo no. Por ejemplo, es más inteligente fiarse de lo que afirman los expertos en una disciplina científica porque, entre ellos, hay muchos mecanismos de verificación y se promueve la crítica: en consecuencia, la homeopatía no es efectiva porque hay demasiados estudios que así lo sugieren, aunque haya millones de personas que individualmente sostengan lo contrario. Además, el diseño de los experimentos para confirmar o no la eficacia de un tratamiento elimina gran parte de los sesgos intelectuales de quienes defienden o atacan la terapia.
Ya en el siglo XVII, el científico belga Jan Baptist van Helmont desafió a los curanderos de la época a que demostraran la eficacia de las sangrías y las purgas, proponiendo la siguiente prueba a cambio de una apuesta de 300 florines (afortunadamente, la profesión médica ha avanzado mucho desde entonces):
Archie Cochrane, célebre epidemiólogo escocés que combatió en fascismo en la guerra civil española, fue uno de los grandes críticos de los curanderos y algunos médicos que estaban convencidos de qué tratamiento administrar simplemente porque ya lo “sabían”. Cochrane fue el inspirador de la Biblioteca Cochrane, que sigue dependiendo del esfuerzo voluntario de 28.000 investigadores médicos para reunir las mejores pruebas existentes sobre tratamientos efectivos.
Tal y como sostiene Esther Duflo, una destacada investigadora randomista: “Si no sabemos si lo que hacemos sirve para algo, no somos mejores que los médicos medievales y sus sanguijuelas. Unas veces el paciente mejora y otras, muere. ¿Son las sanguijuelas? ¿Otra cosa? No lo sabemos.”
Por el contrario, no es muy inteligente fiarse de lo que afirman los militantes de un partido político, donde la disensión y la crítica es reprobada. Algo parecido sucede en el ámbito del arte, de la religión o de cualquier otra ideología que no dispone de buenos diseños de experimentos y no se basan en una idea clave: la única manera de progresar acumulativamente en el conocimiento es quitarle la razón a nuestro predecesor, sea o no una vaca sagrada. Estas carencias no tienen nada que ver con la estupidez o la estulticia de sus seguidores, sino en la enorme complejidad del asunto tratado: descubrir si un tratamiento médico es eficaz o no es mucho más sencillo que demostrar si Shakespeare era mejor escritor que Cervantes (en el primer caso hay menos variables que controlar, en el segundo hay variables que incluso entran en conflicto con el subjetivismo).
En la próxima entrega de este artículo, profundizaremos en los claroscuros de la sabiduría popular y sobre el por qué no hay que fiarse de lo que diga la mayoría (independientemente de que sea cierto o no).
Sin embargo, confiar en esta asunción es tan aventurado como confiar justo en la contraria: que la mayoría siempre se equivoca. Si fuera así, la democracia sería una entelequia (más de lo que ya es), Wikipedia no funcionaría y la inteligencia colectiva sería un término vacuo.
El quid de la cuestión, pues, parece residir en cuándo debemos depositar nuestra confianza en la mayoría y cuándo no. Por ejemplo, es más inteligente fiarse de lo que afirman los expertos en una disciplina científica porque, entre ellos, hay muchos mecanismos de verificación y se promueve la crítica: en consecuencia, la homeopatía no es efectiva porque hay demasiados estudios que así lo sugieren, aunque haya millones de personas que individualmente sostengan lo contrario. Además, el diseño de los experimentos para confirmar o no la eficacia de un tratamiento elimina gran parte de los sesgos intelectuales de quienes defienden o atacan la terapia.
Ya en el siglo XVII, el científico belga Jan Baptist van Helmont desafió a los curanderos de la época a que demostraran la eficacia de las sangrías y las purgas, proponiendo la siguiente prueba a cambio de una apuesta de 300 florines (afortunadamente, la profesión médica ha avanzado mucho desde entonces):
Saquemos de los hospitales, de los campos o de donde sea a 200 o 500 personas con fiebres, pleuresías, etc. Dividámoslos por la mitad, formemos grupos de manera que una mitad quede a mi cargo y la otra al vuestro. Yo les curaré sin sangrías ni evacuaciones importantes. Vosotros haced lo que sepáis, veremos cuántos funerales tendremos unos y otros.
Archie Cochrane, célebre epidemiólogo escocés que combatió en fascismo en la guerra civil española, fue uno de los grandes críticos de los curanderos y algunos médicos que estaban convencidos de qué tratamiento administrar simplemente porque ya lo “sabían”. Cochrane fue el inspirador de la Biblioteca Cochrane, que sigue dependiendo del esfuerzo voluntario de 28.000 investigadores médicos para reunir las mejores pruebas existentes sobre tratamientos efectivos.
Tal y como sostiene Esther Duflo, una destacada investigadora randomista: “Si no sabemos si lo que hacemos sirve para algo, no somos mejores que los médicos medievales y sus sanguijuelas. Unas veces el paciente mejora y otras, muere. ¿Son las sanguijuelas? ¿Otra cosa? No lo sabemos.”
Por el contrario, no es muy inteligente fiarse de lo que afirman los militantes de un partido político, donde la disensión y la crítica es reprobada. Algo parecido sucede en el ámbito del arte, de la religión o de cualquier otra ideología que no dispone de buenos diseños de experimentos y no se basan en una idea clave: la única manera de progresar acumulativamente en el conocimiento es quitarle la razón a nuestro predecesor, sea o no una vaca sagrada. Estas carencias no tienen nada que ver con la estupidez o la estulticia de sus seguidores, sino en la enorme complejidad del asunto tratado: descubrir si un tratamiento médico es eficaz o no es mucho más sencillo que demostrar si Shakespeare era mejor escritor que Cervantes (en el primer caso hay menos variables que controlar, en el segundo hay variables que incluso entran en conflicto con el subjetivismo).
En la próxima entrega de este artículo, profundizaremos en los claroscuros de la sabiduría popular y sobre el por qué no hay que fiarse de lo que diga la mayoría (independientemente de que sea cierto o no).
Todos los cables submarinos del mundo en un solo mapa
Todos los cables submarinos del mundo en un solo mapa:
Las comunicaciones entre personas situadas a grandes distancias que implicaban mares y océanos dieron un salto cuántico gracias a los cables submarinos, hasta el punto de que las distancias entre personas, hogaño, ya no son lo que antaño (con todo lo que ello representa).
El primer cable entre dos tierras separadas por agua fue tendido por el hombre de negocios Jacob Brett, en 1852. Estaba bajo el Canal de la Mancha y unía Reino Unido y Francia. Hacía sólo 10 años que Samuel Morse había demostrado exitosamente que se podían transmitir telegramas a través de hilos conductores; su primer mensaje telegrafiado fue: What hath God wrought.
Actualmente, el 80 % de las comunicaciones mundiales de teléfono, fax y datos tienen lugar a través de esta inmensa red de cables submarinos. Además, también se tienden cables submarinos destinados al transporte de energía eléctrica; por ejemplo, la interconexión eléctrica que existe entre España y Marruecos a través del Estrecho de Gibraltar, entre las islas de Mallorca y Menorca, y entre Lanzarote y Fuerteventura.
Para que podáis contemplar todos, como si fuera un mapa de la red del metro de una gran ciudad, se ha confeccionado este mapa a gran tamaño, que también cuenta con su versión interactiva.
Bajo el mapa podemos ver también la historia de los cables submarinos a partir de 1997, junto al ancho de banda usado por los países y la capacidad total de los cables. El mapa también se puede comprar impreso por 250 dólares , aunque la versión online interactiva es gratis.
Vía | FayerWayer
El primer cable entre dos tierras separadas por agua fue tendido por el hombre de negocios Jacob Brett, en 1852. Estaba bajo el Canal de la Mancha y unía Reino Unido y Francia. Hacía sólo 10 años que Samuel Morse había demostrado exitosamente que se podían transmitir telegramas a través de hilos conductores; su primer mensaje telegrafiado fue: What hath God wrought.
Actualmente, el 80 % de las comunicaciones mundiales de teléfono, fax y datos tienen lugar a través de esta inmensa red de cables submarinos. Además, también se tienden cables submarinos destinados al transporte de energía eléctrica; por ejemplo, la interconexión eléctrica que existe entre España y Marruecos a través del Estrecho de Gibraltar, entre las islas de Mallorca y Menorca, y entre Lanzarote y Fuerteventura.
Para que podáis contemplar todos, como si fuera un mapa de la red del metro de una gran ciudad, se ha confeccionado este mapa a gran tamaño, que también cuenta con su versión interactiva.
Bajo el mapa podemos ver también la historia de los cables submarinos a partir de 1997, junto al ancho de banda usado por los países y la capacidad total de los cables. El mapa también se puede comprar impreso por 250 dólares , aunque la versión online interactiva es gratis.
Vía | FayerWayer
¿La violencia suele tener su origen en un exceso de moralidad y justicia personal?
¿La violencia suele tener su origen en un exceso de moralidad y justicia personal?:
Sólo una minoría de los homicidios se comenten con una finalidad práctica. Los criminólogos suelen barajar el 10 %. El 90 % restante de homicidios, pues, son de carácter moral.
Es decir, que 9 de cada 10 homicidios no se cometen para robar, para evitar la detención de la policía, para violar, etc. 9 de cada 10 homicidios se cometen como represalia tras una ofensa, por una pelea doméstica, por un problema afectivo (infidelidad, por ejemplo, o abandono de la pareja). Es decir: celos, venganza y defensa propia.
Tal y como afirmaba el experto en leyes Donald Black en su influyente artículo “El crimen como control social”, casi todo lo que llamamos crimen es, desde el punto de vista del perpetrador, búsqueda de justicia. O dicho de otro modo: el 90 % de los homicidios no los cometen malas personas, o al menos no son personas que consideran que están haciendo mal: incluso es posible que se vean a sí mismas como héroes o víctimas.
Son, en definitiva, como el Juez Dredd: juez, jurado y verdugo.
Naturalmente, ello no justifica en absoluto el homicidio, pero sí permite que concibamos la acción violenta de otro modo, y por tanto sepamos atajarla de un modo más eficaz. Por lo pronto, tal y como señala Black, la violencia general no se debe a un déficit de moralidad y justicia, sino a un exceso de las mismas, al menos tal y como éstas son concebidas en la mente del autor del crimen.
Generalmente, las personas de estatus inferior tienden a no aprovechar la ley y a mostrarse hostiles ante ella, y prefieren la antigua alternativa de la justicia de la “autoayuda y el código del honor.
Pero todas las personas, independientemente de su estatus, pueden perder los estribos y considerarse víctimas de una situación claramente injusta. Ello no debe hacer disminuir el castigo frente a estas personas, sino que intelectualmente nos permite derribar un dogma: que la violencia es una especie de enfermedad o que es resultado de apuros económicos o furia contra la sociedad.
Tal y como explica Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:
El propio Donald Black abunda en la psicología del homicida:
Habida cuenta de estas conclusiones, parece que un estado será menos conflictivo no tanto por una mayor presión policial o unos mejores consejos morales del tipo todos somos iguales, ama al prójimo como te amas a ti mismo, sino un sistema legal más seguro y garantista, incluso en pequeños conflictos, que permita que las personas resuelvan sus diferencias de un modo más civilizado (a la vez que dichas personas son educadas para que sepan aprovecharse de ese sistema).
Sea como fuere, el problema tiene muchas más variables de las que parece en un principio, y un “se han perdido los valores” o “mano dura con el infractor” no parecen soluciones tan eficaces.
Es decir, que 9 de cada 10 homicidios no se cometen para robar, para evitar la detención de la policía, para violar, etc. 9 de cada 10 homicidios se cometen como represalia tras una ofensa, por una pelea doméstica, por un problema afectivo (infidelidad, por ejemplo, o abandono de la pareja). Es decir: celos, venganza y defensa propia.
Tal y como afirmaba el experto en leyes Donald Black en su influyente artículo “El crimen como control social”, casi todo lo que llamamos crimen es, desde el punto de vista del perpetrador, búsqueda de justicia. O dicho de otro modo: el 90 % de los homicidios no los cometen malas personas, o al menos no son personas que consideran que están haciendo mal: incluso es posible que se vean a sí mismas como héroes o víctimas.
Son, en definitiva, como el Juez Dredd: juez, jurado y verdugo.
Naturalmente, ello no justifica en absoluto el homicidio, pero sí permite que concibamos la acción violenta de otro modo, y por tanto sepamos atajarla de un modo más eficaz. Por lo pronto, tal y como señala Black, la violencia general no se debe a un déficit de moralidad y justicia, sino a un exceso de las mismas, al menos tal y como éstas son concebidas en la mente del autor del crimen.
Generalmente, las personas de estatus inferior tienden a no aprovechar la ley y a mostrarse hostiles ante ella, y prefieren la antigua alternativa de la justicia de la “autoayuda y el código del honor.
Pero todas las personas, independientemente de su estatus, pueden perder los estribos y considerarse víctimas de una situación claramente injusta. Ello no debe hacer disminuir el castigo frente a estas personas, sino que intelectualmente nos permite derribar un dogma: que la violencia es una especie de enfermedad o que es resultado de apuros económicos o furia contra la sociedad.
Tal y como explica Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:
Consideremos a un hombre que es detenido que es detenido y juzgado por agredir al amante de su esposa. Desde el punto de vista de la ley, el agresor es el esposo y la víctima es la sociedad, que ahora está buscando justicia (una interpretación, recordemos, reflejada en la denominación de los casos judiciales, como “El Pueblo contra John Doe”). Desde el punto de vista del amante, el agresor es el esposo y la víctima es él; si el esposo consigue la absolución, la nulidad del juicio o un acuerdo de reducción de pena, no hay justifica, pues al amante se le prohíbe vengarse. Y desde el punto de vista del esposo, él es la víctima (de que le hayan puesto los cuernos), el amante es el agresor, y se ha hecho justicia (pero ahora es víctima de un segundo acto de agresión, en el que el estado es el agresor y el amante un cómplice).
El propio Donald Black abunda en la psicología del homicida:
Los que cometen asesinato (…) a menudo parecen resignados a su destino en manos de las autoridades; muchos esperan pacientemente a que llegue la policía; algunos incluso llaman para informar de su crimen (…). En este tipo de casos, de hecho, los individuos implicados podrían ser considerados mártires. Sin diferenciarse de los trabajadores que violan la prohibición de declararse en huelga (sabiendo que irán a la cárcel), o de otros que desobedecen la ley por razones de principios, hacen lo que creen correcto y sufren de buen grado las consecuencias.
Habida cuenta de estas conclusiones, parece que un estado será menos conflictivo no tanto por una mayor presión policial o unos mejores consejos morales del tipo todos somos iguales, ama al prójimo como te amas a ti mismo, sino un sistema legal más seguro y garantista, incluso en pequeños conflictos, que permita que las personas resuelvan sus diferencias de un modo más civilizado (a la vez que dichas personas son educadas para que sepan aprovecharse de ese sistema).
Sea como fuere, el problema tiene muchas más variables de las que parece en un principio, y un “se han perdido los valores” o “mano dura con el infractor” no parecen soluciones tan eficaces.
Cosas que probablemente no sabes de las vacas: con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores
Cosas que probablemente no sabes de las vacas: con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores:
Las vacas son animales fascinantes, y no sólo porque den leche y carne. Por ejemplo, nos ayudan en el desarrollo de vacunas (vacinus, “vacuna” en latín, deriva de vaca). Los pulmones de vaca se usan para fabricar anticoagulantes, las placentas son un ingrediente importante en muchos cosméticos y productos farmacéuticos, y el septo (el segmento de cartílago que divide las fosas nasales) se convierte en un medicamento para la artritis.
Con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores. Con los huesos de vaca, entre otros ingredientes, se fabrica el líquido de frenos, tal y como explica John Lloyd en El pequeño gran libro de la ignorancia (animal).
Plinio el Viejo recomendó una vez un brebaje a base de hiel de toro, jugo de puerro y leche humana para curar el dolor de oídos (aunque sigo prefiriendo el remedio de la abuela de unas gotas de aceite templado). Para la receta original de margarina, Hippolyte Mège-Mouriés usó ubres de vaca en lonchas, grasa de ternera, jugos gástricos de cerdo, leche y bicarbonato.
Las vacas que están en pastos rodeados por cercos de alambre pueden sufrir la enfermedad del alambre. Está provocada por los restos de alambre, grapas y clavos que tragan las vacas cuando comen. Para tratarlas se les administra un imán. El imán se sitúa en la primera parte del estómago y permanece ahí toda la vida de la vaca.
Si el cerco está electrificado, entonces las vacas recuerdan perfectamente que intentar atravesar esa zona produce dolor. Hasta el punto de que, si se retira el cerco, la vaca no vuelven a travesar esa línea. Por mi parte tuve una pequeña experiencia al respecto cuando viajé a Suiza, que quizá os apetezca leer para reíros a mi costa: El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto.
Pero las vacas, sobre todo, son gigantescas fábricas andantes que contribuyen en el efecto invernadero de la Tierra. La gente piensa que lo peligroso son sus ventosidades, pero no es así. Lo que produce una media de 340 litros de metano al día son los eructos de la vaca. O sea, el 4 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La cría de ganado produce el 18 % de todos los gases de efecto invernadero (más que todos los coches y otras formas de transporte del mundo).
Así que no es extraño decir que en Suecia existe un tren que funciona con el metano que se extrae de los órganos hervidos de la vaca: un solo ejemplar es suficiente para que el tren se desplace casi 4 kilómetros.
Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner lo explican así en su libro Superfreakonomics:
Tal es el peligro de que las vacas destruyan el mundo con sus eructos que se está investigando una píldora reductora de metano. Tendrá el tamaño del puño de un hombre y se disolverá en las entrañas de la vaca a lo largo de varios meses.
Resulta irónico que las vacas, epítome de la contaminación, sean un complemento idóneo de un decorado alpino, epítome de la ecología. Es como contemplar decenas, cientos de basureros de residuos nucleares sobre un paisaje que podría funcionar como fondo de pantalla de Windows… y determinar que encajan allí perfectamente. Así de contradictoria es a veces la naturaleza.
Con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores. Con los huesos de vaca, entre otros ingredientes, se fabrica el líquido de frenos, tal y como explica John Lloyd en El pequeño gran libro de la ignorancia (animal).
Plinio el Viejo recomendó una vez un brebaje a base de hiel de toro, jugo de puerro y leche humana para curar el dolor de oídos (aunque sigo prefiriendo el remedio de la abuela de unas gotas de aceite templado). Para la receta original de margarina, Hippolyte Mège-Mouriés usó ubres de vaca en lonchas, grasa de ternera, jugos gástricos de cerdo, leche y bicarbonato.
Si el cerco está electrificado, entonces las vacas recuerdan perfectamente que intentar atravesar esa zona produce dolor. Hasta el punto de que, si se retira el cerco, la vaca no vuelven a travesar esa línea. Por mi parte tuve una pequeña experiencia al respecto cuando viajé a Suiza, que quizá os apetezca leer para reíros a mi costa: El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto.
Pero las vacas, sobre todo, son gigantescas fábricas andantes que contribuyen en el efecto invernadero de la Tierra. La gente piensa que lo peligroso son sus ventosidades, pero no es así. Lo que produce una media de 340 litros de metano al día son los eructos de la vaca. O sea, el 4 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La cría de ganado produce el 18 % de todos los gases de efecto invernadero (más que todos los coches y otras formas de transporte del mundo).
Así que no es extraño decir que en Suecia existe un tren que funciona con el metano que se extrae de los órganos hervidos de la vaca: un solo ejemplar es suficiente para que el tren se desplace casi 4 kilómetros.
Pues porque las vacas (y también las ovejas y otros animales rumiantes) son terriblemente contaminadoras. Sus exhalaciones, flatulencias, eructos y estiércol emiten metano, que como gas de efecto invernadero es unas veinticinco veces más potente que el dióxido de carbono emitido por los automóviles (y dicho sea de paso, por los humanos). Los rumiantes del mundo son responsables, aproximadamente, de un 50 por ciento más de gas de efecto invernadero que todo el sector de los transportes.
Tal es el peligro de que las vacas destruyan el mundo con sus eructos que se está investigando una píldora reductora de metano. Tendrá el tamaño del puño de un hombre y se disolverá en las entrañas de la vaca a lo largo de varios meses.
Resulta irónico que las vacas, epítome de la contaminación, sean un complemento idóneo de un decorado alpino, epítome de la ecología. Es como contemplar decenas, cientos de basureros de residuos nucleares sobre un paisaje que podría funcionar como fondo de pantalla de Windows… y determinar que encajan allí perfectamente. Así de contradictoria es a veces la naturaleza.
Las cifras más curiosas del ADN
Las cifras más curiosas del ADN:

Vía | Pagina12
- Cada célula del cuerpo humano (con la excepción de los glóbulos rojos) contiene una secuencia de ADN de 3.200 millones de letras de longitud, es decir, 2 metros de ADN. Y es que un trozo de ADN de 1 mm de longitud contiene una secuencia de pares de bases de más de 3 millones de letras.
- Es como la receta de un guiso o el código de un programa informático. El ADN está formado por largas secuencias de moléculas llamadas bases nitrogenadas que aparecen en 4 “sabores”: adenina (A), citosina ©, guanina (G) y timina (T). Al descubrirse, se creyó imposible que solo 4 letras pudieran contener las instrucciones de la inmensa complejidad de un organismo completo: sería como escribir la Enciclopedia Británica con sólo 4 letras.
- Pero es posible escribir tantas instrucciones con sólo 4 letras, tal y como explica Joel Levy en 100 analogías científicas:
Las proteínas están compuestas por 20 aminoácidos diferentes, así que lo que se necesita es un código capaz de cifrar al menos 20 mensajes (o codones) diferentes. Como cada letra presenta cuatro opciones, las secuencias de dos bases sólo permitirían 16 (4×4) palabras de dos letras, o codones. Pero si las secuencias tienen tres bases, es posible transmitir 64 (4×4×4) codones distintos, más que suficiente si se quieren especificar 20 aminoácidos.
- Para asimilar la cantidad de letras que componen el genoma humano, debemos imaginarnos tecleando en el ordenador 60 palabras por minuto, 8 horas al día… durante 50 años. Y es que el ADN de una simple ameba unicelular ya contiene hasta 400 millones de bits de información genética, lo suficiente para escribir 80 libros de 500 páginas cada uno.
- El ADN puede preservarse durante mucho tiempo: las muestras más antiguas encontradas hasta el momento corresponden a plantas, mamuts y otros animales siberianos de hace 400 mil años.
- Las sustancias químicas y otros agentes atacan y dañan con frecuencia el ADN de una célula humana a un ritmo, en términos generales, de 10.000 veces al día. Alteraciones en un solo gen son las causantes de entre 3.000 y 4.000 enfermedades hereditarias.
- Si desenrrolláramos todo el ADN de las células de un cuerpo humano, cubriríamos la distancia de la Tierra a la Luna 7.000 veces. Veamos los cálculos: el total de células del cuerpo humano (2 billones = 2 × 1012 células) y la longitud equivale al recorrido de 7.000 viajes de ida y vuelta a la Luna (distancia Tierra – Luna = 300.000 Km)
- Para que os hagáis una idea de la información que contiene, os recomiendo echar un vistazo a ¿Cuánta información tiene almacenada la humanidad?
- Christian Bök, profesor de escritura creativa de la Universidad de Calgary (Canadá) consiguió grabar unos versos poéticos en el ADN de una bacteria. El alfabeto que utiliza es el mismo código genético, gracias al cual se interpreta dicho ADN, que es traducido a las proteínas a las que ha dado lugar.
Vía | Pagina12
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